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Amor por la pintura

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“A mí me gusta la pincelada suelta, fresca”. Y a mí. “Creo que en la pintura del siglo diecinueve español hay verdaderas joyas.” Desde luego. “¡Madrazo, Moreno Carbonero, los Pradilla…! ¡Qué artistas!” Por supuesto, sin duda, son fantásticos.

De esta manera, por los senderos de la afirmación y por los caminos de las coincidencias transcurrió parte de la conversación que mantuvimos Ricardo Sanz y yo, una vez contemplados sus cuadros actuales, los destinados a esta exposición y otros que reclamaban mi mirada –“Son de hace años, ¡cómo pasa el tiempo! ”-, una playa desierta, un autorretrato, un dibujo al carbón… Grata mañana.

Igual que su pintura, Ricardo Sanz acoge cortésmente las miradas tranquilas, los ademanes fluidos, las opiniones suaves, la sonrisa que dibuja el reconocimiento. Su mundo artístico está poblado de manera exclusiva por sus preferencias, la figura, el retrato, las escenas de género, los paisajes y las vistas de ciudades que admira.

Aquellas bases sólidas de sus años juveniles de aprendizaje sostienen hoy con creces y total confianza sus características propias para el dibujo, para la distribución de las masas de color, para los tratamientos de luz y oscuridad, para la plasmación de los asuntos, para el procedimiento, para el empleo exacto, amplio y seguro del óleo y para desplegar esa soltura de la pincelada que nunca le abandona.

La mirada actual suele ser la del zum aproximativo: la que aprecia el fragmento, la que estiliza, aísla y abstrae. Así, apreciamos antes la pintura que lo pintado. La obra figurativa deja descansar su interés representativo y da paso al realce de la pincelada, al juego polar del cromatismo, a la modulación tonal, a campos de color y a dimensiones que nos sorprenden. En la superficie total de un lienzo, la mirada actual acota zonas y enmarca y crea límites que nos alejan de los motivos, los asuntos y los temas para acercarnos como valores expresivos máximos a los gestos plásticos.

Ante los óleos de Ricardo Sanz podemos ejercitar también esa mirada y dejar que recorra unas y otras zonas apreciando sus elecciones y su ejecución, y disfrutando del afinado conocimiento del autor.

Una de las características importantes en la pintura de Sanz es la de su buen entendimiento plástico con la ambientación placentera, que tiene como fin una amenidad educada, un encanto determinado: elección que combina la seriedad de un tema, como el del primer retrato oficial de los Príncipes de Asturias, por ejemplo, y el tratamiento seductor que recorre de un lado a otro el lienzo, con un cultivo siempre atinado de los efectos y de los afectos, para hacernos compartir su propia disposición a la sonrisa, al encanto, a la tradición que aporta sus sorpresas, su claridad y su preciso equilibrio artístico.

– Carmén Pallarés –

AMOR POR LA PINTURA

La primera vez que acudí a una exposición de este magnífico pintor donostiarra, fue para mí como respirar una bocanada de aire fresco. Una pintura para disfrutar.

La pintura de Sanz nos hace volver a gozar de la belleza, nos hace volver a vibrar con el Arte, sin sometimientos a modismos desfasados.

Sus lienzos nos descubren limpios paisajes preñados de sentimientos y nostalgias infantiles, con playas doradas por luces vespertinas, con jardines donde los violetas
y azules quedan rasgados por jirones de un sol deshecho entre las hojas.

Sus fluidos paisajes lluviosos nos invitan a caminar bajo un paraguas, respirando el aliento húmedo de los románticos paseos de su ciudad.

Además del paisaje, Sanz admira y domina la figura humana, como un renacentista de nuestro tiempo. Cuando pinta esas casuales composiciones, nos demuestra su maestría, su fuerza y su carácter, envolviendo su obra de poéticas pinceladas.

Al contemplar sus retratos, es cuando quedo inmerso en una mayor admiración.

No en vano se ha convertido en uno de los más importantes retratistas, solicitado por las grandes personalidades de nuestra sociedad. Destaca el gran retrato realizado a la Reina doña Sofía, o el que pintó al Príncipe de Asturias.

Su intuición psicológica y su pincelada elegante, hacen aflorar en los modelos el lado más positivo, sumergiendo su obra en una atmósfera de naturalidad.

Es en los retratos infantiles donde se mueve con más placer, envolviendo sus figuras de una ternura y colorido que nos recuerdan a Sargent o a Lazslo, con una pincelada moderna y vibrante, queriendo detener el tiempo en esos años maravillosos de la niñez.

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